Siempre que se publican en los diarios historias como la que sigue, a continuación los lectores que dejan comentarios en las páginas de internet donde leyeron la información comienzan con una serie de cuestionamientos. Tras aclarar que saben “que la trata de personas es algo horroroso que existe”, empiezan a poner en duda lo que acaban de leer. Que seguro se trató de una joven que quiso tener una aventura y le salió mal, que se trata de una mentira porque se escapó con un “noviecito”, que se fue de copas y como se le hizo tarde inventó esta historia, que… Así, diciendo que algo existe pero negando cuando lo tienen frente a sus narices, contribuyen a proseguir con el mito machista del ideal de la “puta feliz”. Es decir, insisten en el auto engaño de creer que esa mujer que consumen en una habitación de un prostíbulo se deja penetrar por un desconocido sólo porque le gusta. Nunca el cliente de los burdeles está demasiado interesado en averiguar quiénes son esas mujeres, de dónde vienen y porqué están allí. Y no lo hace porque estos silencios le permite seguir alimentando ese mito que lo deja satisfecho después de pagar por un poco de sexo.
Por Juan Federico
Una joven de 23 años denunció que fue secuestrada en la ciudad de San Juan, cuando salía de su trabajo, y que los captores, luego de suministrarle un somnífero, la trasladaron en auto hasta la ciudad de Córdoba. Afirmó que mientras estuvo cautiva, la quemaron con cigarrillos. Logró escapar y relató lo sucedido en la Unidad Judicial de la Mujer y el Niño. La Policía la custodió hasta que tomó el ómnibus de regreso a su provincia.
En las próximas horas la denuncia pasará al fuero federal, ya que se sospecha de un caso de trata de personas.
……………………………………………………………………………………………………….
La joven de 23 años mira con desconfianza. Está sentada en uno de los andenes de la estación Terminal de la ciudad de Córdoba. En unos minutos, parte el ómnibus que la llevará de regreso a su San Juan. Todavía, con los ojos enrojecidos, trata de encontrar una explicación a lo que le sucedió. Trata de encontrarse con ella, luego de haber despertado de una pesadilla. Despertado, en sentido literal.
Hasta que se anima y cuenta. Retrocede hacia el atardecer del viernes pasado, cuando salió a dar una vuelta con unas amigas tras terminar de limpiar en la casa de familia donde trabaja.
Luego de la reunión, fue caminando hacia la parada del ómnibus, en barrio Rawson. Sola, esperaba que pasara la unidad en la que se iba a ir a su casa, cuando sintió que alguien se acercaba corriendo por detrás. No tuvo tiempo para darse vuelta: una mano le apoyó un pañuelo tapándole la boca y la nariz.
“Yo me resistía, pero en un momento me quedé sin aire y cuando quise aspirar, respiré un olor feo, que se me subió a la cabeza y me mareó”, recordó.
Fue entonces que su historia entra en una brecha.
Cuando despertó, los rayos de sol le daban en la cara. Somnolienta, vio que afuera algo verde se movía. Cuando quiso enfocar la vista, se dio cuenta de que en realidad era ella la que avanzaba. Estaba sentada en la parte de atrás de un auto que iba por una ruta rodeada de campos. Adelante, dos hombres fumaban y escuchaban música con el volumen alto.
El que manejaba vio por el espejo retrovisor que la joven abría los ojos y le preguntó a su cómplice: “¿Y con esta qué hacemos?”. “Llevala a San Luis”, escuchó antes de desvanecerse de nuevo. Así, siempre según su relato, viajó más de 24 horas. Del trayecto recuerda muy poco, ya que aún permanecía bajo los efectos del sedante y le costaba permanecer despierta.
Correr. Al recobrar los sentidos, se dio cuenta de que el auto estaba estacionado en lo que parecía una plaza grande. Adelante, los dos hombres seguían charlando y con la música en alto.
Rápido, se decidió. Vio que a esa hora –ignoraba qué momento del día era– había bastante gente caminando por el lugar. No lo pensó más. Abrió la puerta y echó a correr. En un momento, dio media vuelta y vio que desde el auto, un Fiat Uno blanco, los dos hombres la miraban con bronca. Uno de ellos hizo el ademán de seguirla, pero desistió.
Luego de andar varias cuadras, intentó tranquilizarse. Comenzó a mirar para todos lados y reconoció la zona. “Estaba en Córdoba. Me di cuenta porque mi esposo es de acá y hace dos años había estado de visita”, explica.
Los captores habían estacionado en el Parque Sarmiento. Desde allí, la joven escapó hacia el Patio Olmos. Pidió ayuda a una policía (ver La policía…) pero siguió sola hasta la Terminal. Allí, le pidió a una mujer que estaba por viajar a Mar del Plata que le prestara su teléfono celular y mandó un mensaje a su familia.
Desde San Juan su esposo enseguida llamó a la Policía y desde allá se comunicaron con la seccional 1ª y una patrulla fue a buscar a la joven. Recién entonces ella se enteró de que era domingo a la mañana. Había viajado semidesvanecida durante más de 24 horas.
La contuvieron en la Unidad Judicial de la Mujer y el Niño, y el lunes temprano fue al Hospital Rawson, para someterse a una serie de estudios. Luego, acompañada por una férrea custodia de policías de civil, regresó hacia la Terminal y junto a su esposo y su madre viajaron, al mediodía, hacia su San Juan.
La joven, todavía conmovida, sólo agradece haber despertado a tiempo. “A estas cosas las había visto en la tele, pero nunca imaginé que me podía pasar”, señala antes de agregar: “No sé qué me hubieran hecho”.
Fuentes judiciales indicaron a este diario que la modalidad descripta por la muchacha corresponde a un caso de secuestro con fines de explotación sexual.
En su mano derecha, la joven presenta varias marcas compatibles con quemaduras de cigarrillos. Ella recién se dio cuenta de que le ardían cuando estuvo en la Unidad Judicial de la Mujer y el Niño.
Aunque para algunos sólo se trata de una perversión más de los captores, otro investigador indicó que podría tratarse de “sellos” que cada banda realiza para identificar a su “mercadería”. “Las marcan como si fueran vacas”, comparó.
Policía poco solidaria
Cuando logró escapar, la joven corrió en dirección al Patio Olmos. Allí encontró a una mujer policía y se sintió a salvo… hasta que le pidió ayuda. “Me respondió que no tenía los recursos para ayudarme y sólo me ofreció un peso para que llamara a San Juan… y con eso no me alcanzaba”, indicó.
Mientras todas las provincias del norte ya tienen una División policial especializada en trata (la mayoría dirigida por mujeres), en Córdoba recién se ha creado un área que depende de la División Protección de las Personas.
Publicado en el diario La Voz del Interior, de Córdoba, Argentina, el miércoles 7 de octubre de 2009.



0 respuestas hasta el momento ↓
Todavía no hay comentarios... Empiece usted rellenando el siguiente formulario.