Archivo mensual: diciembre 2008

No vengas Navidad

No vengas, Navidad,
que es muy temprano todavía,
las madres están temblando
en el sol del mediodía
y los niños en las calles
vagan solos, sin comida
y el campesino, aunque quiera,
no puede deletrearte en las vitrinas.

No vengas, Navidad,
como insulto a la pobreza,
no llenes de caros licores
a los ricos de la empresa,
ni ufanes a sus señoras
con perlas y con diamantes.
No vengas, Navidad,
ten compasión, no vengas.

No queremos combinaciones
de contrastes humillantes
con sedas finas de china
y manta vieja y zurcida,
con pavos de muchas marcas
y sal en una tortilla.

No vengas, Navidad,
danos un tiempo todavía,
recuerda que existen muchos
que sufren con tu venida
sacando de sus pañuelos
monedas envejecidas
para comprarle al mundo
una parte de tu alegría.

Recuerda que somos tantos
sumidos en la miseria
y anhelamos saborearte
con bebidas y con torrejas,
con juguetes y conservas,
para que nuestros hijos sientan
el calor de Nochebuena
en la pólvora sonora
que los ricos siempre queman.

No te muestres, Navidad,
en pléyades de alegres venaditos
portando juguetes, campanillas y trineos
por las residencias de los niños ricos;
tu presencia entre los nuestros
todavía no concibe
que se afame en los estantes luminosos
a un San Nicolás de lanas revestido
y se margine de realezas al glorioso
desnudo Niño Dios con frío.

No vengas, Navidad,
no te entendemos todavía.

 

(del médico hondureño Alfonso Zúniga Alemán, de su Antología poética, 1988 )

Balvanera

Por Miguel A. Semán

(APe).- Yo pensaba que de un momento a otro la iban a echar. Que iban a decirle que no molestara a los clientes y se fuera. Pero el dueño del cyber, cómplice o distraído, la dejaba revolotear como una mariposa o como una pulga saltarina entre las computadoras. Pronto me di cuenta que sólo se arrimaba a los hombres. Los miraba un poco y después se iba. Al rato volvía a rozarlos y volvía a mirarlos para volver a irse. Tendría once años, cuando mucho. Al fin llegó mi turno. Se me paró al lado, casi íntima, y me tocó el brazo con la yema de unos dedos donde ya se había gastado la inocencia. Me pidió cinco pesos. Se los di. Me quedé con los ojos fijos en la pantalla. No quería mirarla. No quería preguntarle el nombre ni los años. Lucía, escuché. ¿Qué? Me llamo Lucía, dijo como si me leyera el alma. Me pregunté quién habría fabricado eso. Esa infancia disfrazada de mujer que estaba intentando seducirme. La miré. Al fin la miré a los ojos. Era dulce y más. Tenía ternura y otro poco de algo que no alcanzaba a ser lo que parecía. Pensé que si hubiese tenido diez años me habría enamorado locamente de ella. Pero era muy tarde o demasiado pronto. Rápida. Cortante, así como había dicho su nombre, me clavó las palabras: Lo que podía llegar a hacerme por otros cinco pesos. No tengo armas para responder a esos ataques. No supe qué decirle. Le di unos billetes y me fui. Pagué y salí a la calle. La dejé sola. Revoloteando. Saltando de un hombre a otro. Caminé unos metros. En la esquina una mujer de menos de treinta que parecía de cincuenta ofrecía lo mismo por un precio más bajo. Era la cara de Lucía pero con arrugas y sin dientes. Si seguía alejándome de Rivadavia iba a encontrar, seguro, mojones de mujeres, con los mismos rasgos, cada vez más viejas y baratas. Lucía salió a la vereda, se paró sobre el cordón y miró como si buscara a alguien. De las sombras se desprendió un patrullero. Sigiloso, temible, se deslizó sobre la calle como un yacaré en busca de su presa. Ella lo miró y en sus ojos inmensos se metió la noche. Me fui. Caminé por Solís hacia Belgrano. Quería entrar en un bar, pedir asilo y agarrarme a una mesa hasta que saliera el sol.

Publicado el13 de junio de 2008 por la Agencia de Noticias Pelota de Trapo.

Chicos “delivery” de la droga en Córdoba

Son niños que recogen pedidos y llevan droga a domicilio, entre otras tareas ordenadas por los narcos. Si caen presos, son inimputables. La cruel historia de una pequeña de barrio José Ignacio Díaz 4ª Sección.

Por Juan Federico

Ella tiene 11 años. Desde hace un tiempo, va y viene a pie por el barrio durante todo el día. Siempre tiene algo que anotar o un pedido que llevar. Con aspecto bastante descuidado, la niña ya trabaja como cadete: recoge pedidos de cigarrillos de marihuana (porros), paco o cocaína, encargos con los que regresa hasta su casa, donde su madre le da la cantidad anotada para que ella vuelva hacia los clientes.

A veces, entre los mandados, la chica aprovecha y se queda un rato con algunos adolescentes en la plaza o en el vado, para drogarse con ellos.

En otras oportunidades, recibe invitaciones no del todo cordiales, con la intención de que pase al interior de las casas a las que llega con la droga. En una ocasión, un vecino tuvo que abandonar el barrio, sospechado de querer violarla. Ahora, hace pocas semanas, otro cliente casi abusa de ella. Gajes del oficio, piensa su madre, que todavía la manda a anotar y llevar pedidos.

La historia de esta niña, que acontece entre la cuarta sección de José Ignacio Díaz y el barrio 23 de Abril, en el extremo este de la ciudad de Córdoba, fue narrada a este diario por vecinos cansados de que nadie haga nada para intentar liberarla de su presente. Sigue leyendo

“Cada vez hay más hambre porque en la calle no hay nada”

Costa Canal
Por Laura Giubergia y Juan Federico

Noemí, una mujer con 11 hijos y 22 nietos, hace malabares en su carro para llevar, cada día, un plato de comida a su vivienda de Costa Canal, un barrio donde el comedor cerró hace casi un año. Silvina Verdú, la directora del colegio Curaca Lino Acevedo de barrio Los Robles, lamenta que haya dejado de funcionar el Equipo de Salud Familiar de la zona. Un equipo que, no hace mucho, elaboró un informe revelando los diagnósticos de desnutrición de casi el 10 por ciento de los niños de entre 0 y 6 años de Costa Canal, villa Don Bosco, villa El Tropezón, Costa Canal San José y villa La Toma.

“Cada vez hay más hambre, porque en la calle no hay nada”, cuenta Noemí, una señora de barrio Costa Canal que todas las mañanas sale con su carro para recolectar cartones, vidrios, plásticos y metales. La mujer, que tiene 11 hijos y 22 nietos, asegura que desde hace una semana intenta juntar un bolsón de cartón, para venderlo a sólo 0,25 peso el kilogramo, pero no llega. “Cada vez es más difícil conseguir algo”, asegura Noemí que resuelve parte de sus necesidades criando animales. “Tengo gallinas, pollos, cabras, y mi marido vende chanchos. Para las fiestas de fin de año se vende un poco mejor”, relata.

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Droga entre las tumbas

El cementerio San Vicente tiene recovecos y sitios impensados donde se ocultan kilos de cocaína. Por las noches, traficantes y profanadores se desplazan con pasmosa tranquilidad en lo que es tierra de nadie.

Por Juan Federico 

Entraron cuando el cementerio San Vicente estaba en penumbras. El silencio invadía la calurosa noche de enero. El único policía que custodiaba el predio jamás los escuchó. Para no ser detectados, sólo de a ratos encendían la linterna que llevaban. Los jóvenes, que iban con barretas y mazas, caminaban con sigilo entre los altos yuyos, esquivando las cruces de cemento. Hasta que llegaron al punto marcado. Forzaron la puerta de un panteón, manotearon el paquete que estaba entre los féretros y desaparecieron del lugar, por el mismo oscuro hueco que habían aprovechado para ingresar sin que se percatara nadie.

Dicen que los ladrones también se fueron de la provincia. Es que el paquete que se robaron costaba mucho. Vecinos del sector y distintas fuentes del cementerio San Vicente aseguraron que los delincuentes se llevaron cerca de 10 kilos de cocaína, que estaban escondidos en un panteón. La droga sería del grupo de narcotraficantes liderados por un hombre al que apodan “el Chancho”, que guardaría entre las tumbas del cementerio parte de la cocaína que se cocina en barrio Maldonado.

Para obtener el dato que les permitió llegar a ese botín, los ladrones tomaron a una mujer que vende flores dentro del cementerio y la golpearon hasta que cantó la ubicación exacta. Sigue leyendo

Casi por casualidad, cumplió un sueño

Un italiano ayudó a crear un hogar para chicos con carencias, Las Casita del Sol, en barrio Villa Urquiza, de Córdoba. Hoy ayuda a mantenerlo desde Suiza.

Por Laura Giubergia


Fabio Mancin es un joven italiano que desembarcó por primera vez en Córdoba hace poco más de cuatro años. Desde entonces, está en marcha el proyecto-sueño de Nilda y Silvana, dos mujeres de barrio San Ignacio, que trabajan desde hace 13 años por los niños de la comunidad. Ese sueño se llama La Casita del Sol.

“Veíamos muchos chicos en la calle y empezamos dándoles la leche en un garaje, y ayudándolos con las tareas en este lugar, que era una canchita de fútbol”, relata Silvana, rememorando sus inicios en esta actividad. “El problema eran los días de lluvia, porque no teníamos un techo… pero en 2004 apareció un ‘ángel de la guarda’ y ahora tenemos casa”, continúa emocionada.

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Con la panza vacía

Mati
Por Laura Giubergia y Juan Federico

Sábado 16 de agosto de 2008. El reloj marca las 17.30. En la Casita del Sol, en barrio San Ignacio, un centenar de pequeños festejan el Día del Niño con juegos, bailes, murga y regalos. Al final de la tarde, los espera una chocolatada y pancitos de leche. Mientras muchos bailan, otros miran y esperan su turno. Pero Matías no quiere participar. Sentado y en silencio sigue las risas del resto. Uno de los organizadores, para integrarlo, lo invita: “¿Vas a jugar?”. “No”, contesta Mati –de sólo 7 años- sin dejar de observar a los payasos. El joven sospecha que Matías no se siente del todo bien y lo indaga. Pregunta y repregunta hasta que el pequeño lanza: “Hoy no comí nada porque mi papá no tiene plata”. Tratando de superar el escozor que le recorre el cuerpo, el organizador pregunta sin darse cuenta de la obviedad: “¿Y tenés hambre?”. Recién ahí, el niño alza sus ojos y dice: “Sí, mucho”. Minutos después, Matías come un pan tras otro, con avidez. El pequeño trabaja arriba de un carro, y a pesar del hambre al que está acostumbrado, en su día se acercó a la Casita no para merendar sino porque quería un juguete, una pelota.

Publicado en la revista Desafíos Urbanos, del Cecopal, diciembre de 2008.