Después de vivir en el infierno, el renacer de dos víctimas de trata


El relato de la madre que fue esclavizada sexualmente y en septiembre recuperó a su hija -nació en un prostíbulo y tras el parto se la robaron-, luego de 11 años de búsqueda.

Por Juan Federico

Cuenta el escritor uruguayo Eduardo Galeano que Rosa, una obrera boliviana que trabajaba en una fábrica de Buenos Aires, cayó en manos del terror durante la última dictadura militar argentina. Tras ser capturada, torturada, violada y fusilada con balas de fogueo, también perdió a su beba. Diez años después, la niña fue encontrada en Perú, donde cada mañana vendía querosén en un carro tirado por un caballo.

El reencuentro, quedó escrito: “Y en Lima, Rosa y Tamara se descubren. Se miran al espejo, juntas, y son idénticas: los mismos ojos, la misma boca, los mismos lunares en los mismos lugares. Cuando llega la noche, Rosa baña a su hija. Y al acostarla le siente un olor lechoso, dulzón; y vuelve a bañarla. Y otra vez la baña y por más jabón que le mete, no hay manera de quitarle ese olor. Es un olor raro… Y de pronto, Rosa recuerda. Éste es el olor de los bebitos cuando acaban de mamar. Tamara tiene 10 años… y esta noche huele a recién nacida”. (Memoria del Fuego 3)

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La engañaron. Fue una esclava sexual, una víctima de la trata de personas. Abusando de su cuerpo, otros se enriquecían. En medio de la pesadilla, que se extendió por años, quedó embarazada. Y a poco de nacer, le arrancaron a su niña. Nunca bajó los brazos, pese a que la vida le había enseñado, hasta entonces, que para ella sólo estaba reservada la peor maldad de la que es capaz el ser humano.

Se trata del caso de L., la mujer que fue obligada a trabajar en un burdel de Río Gallegos y que tras batallar de manera incansable durante años recuperó, en septiembre último, a su hija, que ahora tiene 11 años. Una historia que refleja cómo operan las bandas que trafican personas para obligarlas al trabajo sexual.Su relato se retrotae al húmedo verano de 1997, cuando L. aún vivía en su pueblo, Pirané, Formosa. Tenía 22 años y ya había aprendido que todo le costaba el doble: criaba sola a sus dos pequeños hijos y las posibilidades para su manutención escaseaban.

Fue entonces que una persona se le acercó y le ofreció ir a trabajar a un pueblo frío del que hasta entonces nunca había escuchado, sin saber aún que ese lugar le dejaría una marca en su alma por siempre. Se trataba de Puerto Santa Cruz, un localidad de casi cuatro mil habitantes ubicada sobre el Atlántico, a 210 kilómetros de Río Gallegos.

Hacia allá viajó entusiasmada por la promesa de un buen sueldo como empleada doméstica. Pero todo cambió cuando llegó. Quienes la recibieron, le retuvieron los documentos y la confinaron a uno de los tantos prostíbulos (llamados “casitas de tolerancia”), abiertos para los tripulantes de los buques que encallan allí cerca.

Una mujer, que era la regenteadora del burdel, se convirtió en su escarnio. La maltrataba, la golpeaba, la drogaba y la obligaba a atender varios clientes por día. Comida y “alojamiento” le eran descontados, por lo que nunca obtenía una moneda. No tenía dinero, documentos y veía que los efectivos de diferentes fuerzas de seguridad iban como clientes, por lo no podía imaginarse cómo escapar de ese infierno.

Al poco tiempo, en 1999, quedó embarazada. Tuvo que “trabajar” hasta días antes de la cesárea, y tras el parto, todavía con los puntos de la sutura, otra vez la obligaron a vestir pollera corta y sonreír. “Me dijeron que tenía que generar más dinero porque también me iban a descontar los gastos de mi beba”, agrega.

A los tres meses, la presionaron para que firmara un poder habilitando a la que la regenteadora viajara a Paraguat junto a su beba. De allí, la mujer regresó sola.

Desde entonces, L. comenzó la batalla que la mantuvo con ganas de vivir. De tanto insistir, al poco tiempo, la madame le dijo que podía ir a ver a su hija al pueblo paraguayo de San Lorenzo (a 10 kilómetros de Asunción), pero sólo con la condición de que viajara con sus otros dos hijos. Otra vez la engañaron y la apalearon. Volvió al burdel sola, sin ninguno de sus tres niños.

Creía que estaba empantanada, sin poder salir jamás de esa pesadilla. Hasta que un hombre le prestó el oído una noche y se conmovió con ella y su historia. Se enamoraron y él logró rescatarla del burdel, en 2005, luego de pagar una importante suma de dinero a la regenteadora.

Apenas salió, fue a la comisaría local a denunciar todo, según recuerda, pero no le quisieron tomar testimonio. Le indicaron que debía hacerlo en Río Gallegos. En esa ciudad, cuando la atendieron, le respondieron que no era la jurisdicción. Se dio cuenta de que no la querían escuchar.

Por su cuenta, viajó a Paraguay, llegó a la casa de San Lorenzo y batalló hasta que le devolvieran a los dos niños. Pero a su pequeña se la negaron.

Con su pareja y los chicos se instalaron en Córdoba, donde comenzó a deletrear la parte más feliz de sus últimos 15 años, siempre según lo que L. se atreve a recordar.

Sin embargo, empezó mal. Con los niños ya en la escuela, alguien la denunció por maltratos, ya que los nenes presentaban problemas de conducta y unas llamativas cicatrices (en Paraguay, cuando aún eran muy chicos, fueron golpeados, obligados a trabajar en huertas y a dormir en cajas de tomates, entre otras aberraciones). El caso recayó en la jueza de menores Amalia García de Fabre, que cuando citó a la madre escuchó un relato de horror.

La jueza se movió ligero. Envió la causa a la Justicia Federal (tras varios meses le respondieron que era incompetente), elaboró un pedido internacional de restitución, mandó dos comisiones policiales que entrevistaron a la mujer y, al no obtener mayores resultados, se contactó con la fiscal Eve Flores y la ayudante fiscal Mariana Pérez Villalobo, dos especialistas en trata de personas.

En noviembre de 2009, la fiscal Flores puso a trabajar a una comitiva especial, conformada por la comisaria Claudia Flores, el sargento José Moreno y la sargento Graciela Graciela Cornejo, que es piscóloga. Cuando la comisaria llegó por primera vez a la casa de L. la mujer la recibió sin ganas. “No quería contar otra vez todo, ya lo había hecho dos veces y no pasaba nada”, se acuerda. Sin embargo, Flores le prometió “que lo iban a intentar”. Ninguna de las dos se imaginó, entonces, que estaban por escribir el capítulo más emocionante de sus vidas.

Con escasos recursos y un auto que obtuvieron gracias a una gestión del fiscal general, Darío Vezzaro, la comisión viajó al sur del país, para constatar que el prostíbulo existía y todavía funcionaba a pleno. Luego, en junio de 2010, junto a la mamá, se fueron a Paraguay, donde llegaron hasta la casa de San Lorenzo.

A unas cuadras de allí, mientras iban en una camioneta de la policía paraguaya (la comitiva cordobesa le tuvo que abonar el combustible), L. vio a dos niñas jugando a los lejos, y supo que una de ellas era su bebé. Sin embargo, no pudieron frenar para no despertar a los investigados, ya que en Paraguay aún no habían logrado que alguien librara una orden para rescatarla.

Antes de regresar, luego de toparse con innumerables trabas, la comisaria le indicó a L. -que estaba embarazada de un bebé que nació en diciembre-, que realizara una denuncia aportando la mayor cantidad de datos ante la fiscal antitrata del país guaraní, Teresita Martínez.

La comitiva regresó con desazón. Pero todo cambió el martes 24 de agosto, a las 19, cuando una llamada internacional trajo la noticia más esperada: “La recuperamos”. El lunes 30, esa bebé con la que L. había soñado tantas veces cumplió 11 años. Dos días después, se abrazó con su madre, en Asunción y juntas regresaron a Córdoba el viernes 3 de septiembre.

Hoy, cuenta la mamá con una enorme sonrisa, su hija va al colegio y juega y pelea con el resto de sus hermanos como en cualquier familia. “Ella al principio estaba un poco enojada conmigo, porque le habían mentido todo este tiempo diciéndole que yo la había abandonado; ahora, ya entendió qué fue lo que pasó”.

Pese a todo, sin detenidos (despiece). El hombre que tenía a la niña en Paraguay fue imputado por un delito menor y el prostíbulo del sur aún sigue funcionando.

L. está orgullosa. El psicólogo que trata a la familia felicitó a su marido por el empeño que ha puesto en ayudar a los niños a superar tantos traumas. También, la mujer está feliz de haber conocido la otra cara de la sociedad, esa que le demostró que siempre hay esperanzas. “Descubrí que hay policías buenos; yo le pido al Gobierno, a la Policía, que destaque y valore a estos policías que me creyeron e hicieron tanto para que pudiera encontrar a mi hija”, apunta.

Y aprovecha, también, para mandar un mensaje a aquellas mujeres que hoy pasan por 
lo que ella vivió: “A las madres que no tienen a sus hijos, les digo que no pierdan las esperanzas, que hay que luchar, hay que ser fuerte”.

Sobre la situación judicial del caso, de fuentes tribunalicias trascendió que la causa sería remitida a Santa Cruz para que se investigue a la mujer que regenteada el prostíbulo (que aún funciona, según se informó) y a su nexo en Paraguay, donde se sospecha que habría más chicas en la casa de donde fue rescatada la niña, según los dichos de la menor.

Pese a todo eso, hasta ahora, no hay detenidos.

El hombre que tenía a la niña en Paraguay sólo fue imputado por el delito de “violación de patria potestad”, que tiene una muy leve pena.

La fiscal antitrata paraguaya, Teresita Martínez, en septiembre había dicho a este diario que el tráfico de niños en la frontera entre Argentina y Paraguay era una modalidad delictiva muy usual.

Publicado en el diario La Voz del Interior, Córdoba, Argentina, el jueves 19 de marzo de 2010.

Una respuesta a “Después de vivir en el infierno, el renacer de dos víctimas de trata

  1. Que asco da la justicia Paraguaya soy de ese país y me embronca saber de esto

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