Los prostíbulos donde reina la mugre


Por Juan Federico

Tras finalizar los operativos 
en los prostíbulos ubicados a 
la vera de la ruta 19, La Voz del Interior los recorrió por dentro.

Un monumento a la inmundicia. Aunque el paso de los excavadores hace pensar que por “Las Vampiras” pudo haber tocado un terremoto, la suciedad ha dejado marcas que datan de mucho antes del allanamiento. Desde un primer 
momento, aquellos que habían ingresado en las whiskerías ubicadas entre Monte Cristo y Piquillín, habían advertido sobre las condiciones de insalubridad, por lo que utilizaron barbijos durante los procedimientos. La cantidad de ratas que salieron despavoridas cuando se empezó a cavar 
pozos, fue sólo una muestra.

Ahora, cuando ya no se oyen retroexcavadoras ni picos ni pala, ingresar en “Las Vampiras” sigue generando asco. Con las últimas lluvias, el agua se ha filtrado por distintas partes. Aunque el suelo ha sido molido, es posible imaginarse cómo era la primera sala al traspasar la puerta. Una mesa de pool, una especie de fonola y una máquina para cazar peluches, más algunas sillas dispersas le daban forma al salón central, ubicado entre la barra y el pasillo que conduce a las habitaciones.

Al pasar hacia el fondo, aparecen dos piezas diminutas que desnudan más precariedad. Las camas son de material, y separados por una cortina rala están los baños, más pequeños aún. En una de estas habitaciones vivía la joven paraguaya que fue encontrada al momento del allanamiento.

El techo es de chapa y de arriba hacia abajo, entre las paredes bordó o celeste (depende si estamos en la sala o en las piezas) es posible ver 
las grandes telas de araña que hay por todas partes.

Del otro lado de la sala 
central, dos habitaciones más, con unos baños que nunca se terminaron. Al frente, en el mismo pasillo, otra pieza con una puerta de rejas, por la que algunos se atrevieron a hablar de “celda”. El candado se cierra por dentro y la pared del fondo aparece tan endeble que cuesta imaginarse allí algo más que un depósito precario.

Al lado, en el inmenso predio de campo, los enormes huecos son las huellas que 
dejaron las retroexcavadoras.

A menos de 30 metros de “Las Vampiras” (se llama así “porque las mujeres viven de noche”) se erige la otra whiskería allanada, cuyo aspecto es bastante mejor que el de su vecina, aunque el olor rancio concentrado también está 
presente en todo momento.

¿Cuántas historias de mujeres desesperadas se habrán contado en estos lugares? Porque con sólo ingresar un poco en ambos prostíbulos, cuesta pensar que alguna vez una joven pudo haber siquiera imaginado que iba a terminar dejando el norte del país para acabar sonriendo falsamente en un derruido prostíbulo rutero ubicado cerca de Piquillín.

Publicado en el diario La Voz del Interior, Córdoba, Argentina, el domingo 10 de octubre de 2011.

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