El arte de hacer hablar a los muertos


¿Cómo trabajan los forenses? Una crónica sobre el mundo íntimo de la Morgue Judicial de la ciudad de Córdoba.

Por Juan Federico

El 2 de junio pasado, los vecinos de barrio San Clemente, en Villa Allende, amanecieron conmocionados. Haydé Vavasoria de Sarmiento, a quien todos conocían como “Pocha”, una mujer de 86 años que tenía un almacén en su domicilio de calle Pablo Cabrera 380, fue encontrada asesinada en su negocio.

Alguien le había asestado un duro golpe en la cabeza con un objeto contundente. A las pocas horas, fue detenido un muchacho de 21 años, quien quedó sindicado como el principal sospechoso. La agresión se habría producido cuando la mujer le reclamó que le pagara lo que le debía.

Al analizar el cadáver, los forenses fueron concluyentes: “La mató una persona más alta que ella, con un golpe de arriba hacia abajo con un objeto contundente, una lata o una piedra. El asesino es alguien inexperto, posiblemente joven, porque tras ese golpe, se asustó y escapó”.

Días después, el jueves 28 de julio, al caer la noche, un changarín del Mercado de Abasto se encontró con un cuadro espantoso al ingresar a su precaria casa de barrio Colinas del Cerro, en la zona norte de la ciudad de Córdoba: en la cama, sin vida, se encontraba su mujer, Raquel Pedraza (50). Tenía el rostro desfigurado. Al lado de la cama, había un trozo de hierro, con el que la habían matado.

Desde un primero momento, los investigadores de Homicidios de la Policía provincial desconfiaron de un asalto violento común y orientaron sus pesquisas hacia el entorno de la víctima. Días después, en Villa Urquiza fue detenido su hijastro, Rodrigo Ricardo Crespín (19), quien quedó imputado por homicidio simple.

Según la reconstrucción, el joven estaba desesperado por obtener dinero, tal vez por ser adicto a las drogas, y no se le ocurrió otra idea que ingresar a robar en la casa de su padre. Pero, en plena faena, fue sorprendi­do por la mujer, por lo que tomó la barra que era utilizada para trabar la puerta de entrada y la emprendió a golpes contra ella.

Cuando fue capturado, sólo atinó a preguntarle a un efectivo si era cierto que la mujer había muerto, “como decían en las noticias”.

Cadáveres que hablan. “En los últimos tiempos hemos detectado más homicidios con elementos contundentes, con más agresividad, el matador es muy agresivo, muy vehemente, antes esta conducta sólo aparecía en los dramas de parejas”, refirió el médico forense Ricardo Cacciaguerra.

Desde hace años, este forense comparte guardia con Guillermo Tillard, en la Morgue judicial de la ciudad de Córdoba. Son los encargados de “hacer hablar a los muertos”, como se suele definir el trabajo de los forenses. A partir de la autopsia a un cadáver, ellos buscan indicios, pistas que le permitan saber a los investigadores cómo fueron los últimos momentos de esa persona.

Un crimen en emoción violenta (antes denominado “pasional”) se detecta por la alevosía con que actúa el matador. Por lo general, se tratan de varias puñaladas, muchas después de muerto, que son analizadas ya que la piel reacciona distintos a los cortes una vez que el corazón se detuvo.

“Investigar un homicidio tiene mucho que ver con el ambiente en que ocurrió: por ejemplo, una vez nos trajeron el cuerpo de un hombre que antes de ser asesinado lo habían atado de manos, con un nudo muy especial. Lo miramos y dijimos que eran nudos típicos de un encofrador, y así fue. Se determinó que lo había matado un hombre con quién había discutido en una obra en construcción”, recuerda Tillard.

“El muerto siempre te da datos”, resume Cacciaguerra. “A veces –agrega– el cadáver te da el perfil del matador”.

Tillard recuerda que años atrás llegó a la Morgue el cuerpi­to de un niño de pocos meses, muerto. Parecía, a simple vista, una broncoaspiración, pero al revisarlo se dieron con que no presentaba nada de esto. Lo dio vuelta y notó dos pequeñas hendiduras en la espalda. Tillar recordó a su hermano, que solía practicar karate golpeando una pared de la casa familiar, de yeso, a la que le dejaba los nudillos marcados. “A este chico lo mató un karateca, de un sólo golpe”, predijo.

Cuando el fiscal indagó a la madre del chico muerto, ella contó que esa noche había tenido relaciones con su pareja. Que en medio de la noche, mientras ella fue al baño, el muchacho se acercó a ver al bebé, que no paraba de llorar. Cuando regresó, a la criatura ya no se la oía. “Se durmió”, pensó. Pero al otro día, cuando ella se acercó a la cuna, lo encontró amorotonado, sin vida.

“¿Y a qué se dedica su pareja?”, preguntó el fiscal. “Es karateca”, contestó la mujer.

Jóvenes y drogas. Entre los cadáveres que llegan a la Morgue, hay varios por siniestros viales. Para Cacciaguerra, en los últimos tiempos disminuyeron aquellos que llegaban desde las rutas, tal vez gracias a la Policía Caminera, pero en contrapartida aumentaron los cuerpos de jóvenes motociclistas de la ciudad de Córdoba.

También, llegan muchos muchachos que han optado por quitarse la vida. Se detecta en ellos, al igual que en muchas de las víctimas en riña o en supuestos ajustes de cuenta, presencia de alcohol y drogas en el organismo.

Mientras habla, Cacciaguerra señala una camilla de alumi­nio, sobre la que está el cuerpo de un muchacho que llegó esa tarde. Y enseña: “Por la rigidez cadavérica y las livideces (es la acumulación y fijación del flujo sanguíneo en sectores específicos del cadáver, que delatan la posición del cuerpo cuando murió), hace más de 10 horas que falleció. Nos fijamos en la ropa, si tiene signos de violencia, si pudo haber habido una lucha y, en este caso, el surco de estrangulamiento o de ahorcamiento está alrededor del cuello”.

De eso se trata la tarea de estos forenses. De intentar descifrar en el lenguaje de la muerte respuestas que quedaron pendientes en vida.

Un paseo lejos del morbo (despiece). Visitar la Morgue judicial de 
la ciudad de Córdoba en barrio General Paz está lejos de ser
un paseo del morbo.

La experiencia, en la sede 
de Pringles e Ibarbálz, permite entender el serio trabajo que deben realizar cada día estos especialistas que dependen de la Dirección de Servicios Judiciales del Tribunal Superior de Justicia.

Se trata de 14 forenses 
que no sólo se ocupan de los muertos, sino que también suelen realizar pericias en casos de abuso sexual, lesiones u otros derivados al ámbito judicial.

La Voz del Interior recorrió la sede junto a un grupo de alumnos de la cátedra de Derecho Penal 2, de la Universidad Blas Pascal, actividad que todos 
los años organiza la abogada Valeria Medina.

“Nosotros colaboramos con ustedes porque consideramos que es muy importante que sepan cómo se trabaja en estos casos, porque siempre van a tener que conocer cómo murió una persona, no sólo en lo penal, sino también en el fuero civil. Por ejemplo, en un juicio por un accidente vial, o en el laboral, donde hay muchas muertes, como son los casos de los obreros de la construcción, a los que llamamos los ‘defenestrados’, porque en francés significa ‘aquellos que pasan por la ventana’”, explicó Cacciaguerra.

En una de las primeras salas a las que se accede están las enormes heladeras en las que se conservan los cuerpos, hasta que el fiscal ordene la autopsia, la entrega a los familiares o su entierro. “El fiscal es el ‘dueño’ del cadáver”, sintetizó el forense. Se trata de nueve heladeras para seis cuerpos cada una, que mantienen una temperatura de cinco grados bajo cero, por lo que antes de cada autopsia, los cadáveres son 
retirados para que se descongelen.

Allí cerca está la sala de 
rayos equis, donde se puede determinar si un cuerpo tiene cuerpos extraños en su interior o fracturas. Tras ella, aparece la sala de autopsia, donde están las camillas de aluminio en la que los cadáveres son inspeccionados. Es vidriada para que alumnos puedan seguir las 
alternativas, además de tener pizarrones.

Tras la puerta trasera, aparece una sala especial que hoy ocupa el Equipo Argentino de Antropología Forense, que analiza los restos de los desaparecidos en la última dictadura militar. A un costado, 
está la flamante “Morgue para animales”. Servirá, por ejemplo, para encontrar un proyectil que mató a una persona, pero que la atravesó y terminó impactando también en un perro. A las autopsias la harán veterinarios.

Publicado en el diario La Voz del Interior, Córdoba, Argentina, el domingo 23 de octubre de 2011.

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