Bialet Massé, el fracaso del Estado


Por Juan Federico

No llegan a seis mil personas los habitantes de Bailet Massé, la pequeña localidad del valle de Punilla enclavada entre la ruta nacional 38 y la provincial E-55. Su principal atractivo, en un pueblo donde todo se conoce, es el turismo, ya que aprovecha su ubicación cercana a Villa Carlos Paz, Cosquín y La Falda, motores importantes para las temporadas de vacaciones.

Las referencias, citadas de manera sintética, buscan esclarecer dónde fue el epicentro de cuando Córdoba, la provincia, tocó fondo. La crónica policial indica que el martes 26 de marzo último, dos jubilados de esa localidad, Isidro Peludero (78) y Mafalda Castro (76)., fueron encontrados muertos dentro de su casa de calle 9 de Julio al 400. La autopsia confirmaría luego lo que los Policías sospecharon apenas ingresaron en la vivienda, alertados por una hija que no podía entrar: un brutal doble crimen. Con palos, machetes y otros objetos filosos, la pareja recibió una durísima golpiza antes de morir. Primero, los asesinos lograron que el hombre, convaleciente de un ACV, les indicara dónde guardaba sus ahorros, dos mil pesos. Después, los remataron porque, era obvio, los iban a identificar, ya que, como se escribió antes, en Bialet Massé todos se conocen.

El viernes 28, el horror trocó a espanto. Aunque a las pocas horas el fiscal de Cosquín, Martín Bertone, se reunió con abundantes pruebas y hasta la confesión de los asesinos, e incluso, de un familiar directo de uno de ellos, recién 72 horas después del macabro hallazgo se animó a esbozar lo peor: tres chicos, uno de 13 años y dos de 14, sin la participación de ningún mayor, habían sido los autores de semejante brutalidad. Tres pibes, hijos de familias humildes, carenciados y criados con las mínimas contenciones afectivas. Tres niños que recién se están asomando a la adolescencia, y desbordados en el consumo de drogas para paliar tantas ausencias estructurales en sus vidas, planificaron cómo ingresar en la casa de los jubilados para poder asaltarlos y así conseguir el dinero vital para lograr alguna dosis más que les permitiera salir, aunque sea por un rato, del rigor de la existencia diaria.

Los investigadores dirían, ese mismo viernes, que durante esas 72 horas, pese a las evidencias, les costaba creer que sólo tres chicos fueran capaces de tanta saña. Los detalles del doble asesinato hace que la conmoción se multiplique tantas veces.

Pero en esta nota, no se trata de ahondar en la violencia. Tampoco de justiciar los crímenes. Se busca mucho más lejos. Remarcar que ese día, 23 de marzo de 2014, la provincia entera tocó fondo. Quedó sumergida en el peor lodo. Un doble asesinato atroz que se suma a una larga cadena de homicidios ocurridos en los últimos tiempos, en especial, en la ciudad de Córdoba. Pero lo ocurrido en Bialet Massé tiene, también, otro significado, que es urgente de develar: nunca antes de la historia criminal de Córdoba, chicos de tan corta edad, sin ningún mayor al lado, habían sido capaces de tanto daño.

Concreto y al pie: estos tres niños casi adolescentes son hijos de todos los cordobeses. No se trata de tres personas asesinas que se salieron por sí solas de un contexto de una sociedad perfecta. Son la muestra viva de que en la provincia, hace tiempo que se hace todo mal. Que en Córdoba, se alimentó, durante años y años un monstruo criado en base a exclusión, marginalidad, impunidad, maltratos, desigualdad y corrupción (y las claves se podrían seguir enumerando mucho más…). Es imposible de entender que en un pueblo que no llega a seis mil habitantes, nadie haya advertido a tiempo que allí, en medio del paraíso serrano, se estaba engendrando un pozo que, poco a poco, nos está tirando a todos allí adentro. Cuesta, y mucho, creer que la desidia y la corrupción no son las explicaciones posibles a semejante drama. Estado, ¿dónde estás, por favor? Se insiste: estos tres chicos no salieron de la noche a la mañana de un contexto de perfección a matar sólo por diversión. Son producto del abandono, de la falta de contención. Queda en evidencia que pese a todas las alertas que venían mostrando (chicos de 13 y 14 años, sumergidos en el consumo de drogas desde hace tiempo), nadie se ocupó a tiempo.

No es casual que desde hace mucho se señala a la ruta nacional 38, de Punilla, como un corredero libre del narcotráfico. No es menor que en el debate público los menores en riesgo ocupen cada vez menos lugar (y presupuesto). En una provincia que aún festeja el Paicor (cuando lo ideal sería que, 30 años después, no tuviera necesidad de existir) y promete, año a año, que las escuelas contenedores dejarán de existir, los cordobeses hemos sido tapados por la violencia. Una cadena que va desde la calle a los hogares y viceversa, sin que nadie, hasta hoy, se haya ocupado en serio de intentar cambiarla.

Tres chicos matando sin ninguna empatía a dos jubilados indefensos es el peor rostro de una síntesis atroz: en la provincia, estamos empapados de violencia. ¿Qué puede ser peor después de semejante cuadro?

Publicado en la revista La Luciérnaga, Córdoba, Argentina, abril de 2014.

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