Alumnos trazaron en un croquis del barrio todo lo que les angustia


Son chicos de 7 a 13 años de la escuela primaria del barrio-ciudad Sol Naciente. La mayoría de las anotaciones fue sobre tiros, drogas, robos y violaciones. El mural está colocado en uno de los pasillos del establecimiento.

Por Juan Federico

“Vivo en Sol Naciente, hay calles, casas, comedor. No vivo tranquilo porque hay muchos robos”. “Asesinatos, violaciones, se cagan a tiros”. “Venden droga”. “¡Problemas!”. “Los policías a veces nos pegan. Cuando los llamamos, no vienen”. “Los chicos se drogan”. “No entran taxis ni remises”. “A7 ¡demora demasiado! Viaje largazo”. “Robos”. “Tiroteo Peligro”. “Bolsa de merca”. “Viven los transas”. “Se drogan en la plaza, no hay juegos, están rotos”.

Un mapa de la violencia cotidiana. Un retrato de la inseguridad. Una muestra, contundente, de cómo los tiros, las venta de droga, los asesinatos y las violaciones hoy forman parte del vocabulario cotidiano de chicos que hace tiempo la realidad les extravió la inocencia.

En una de las paredes del pasillo principal de la escuela primaria del barrio-ciudad Sol Naciente, emplazado hace siete años en lo que antes era un inmenso descampado en la periferia noroeste de la ciudad de Córdoba, está pegado un mapa que enseña cómo es convivir con la violencia a cada rato. Un colegio de 330 alumnos que nunca tuvo un nombre.

El año pasado, el Centro de Actividades Infantiles (CAI) que los sábados busca crear en el colegio un espacio de contención más para los chicos pensó el proyecto “Cartografía barrial”. En una lámina se dibujaron, a grandes rasgos, las 47 manzanas del barrio-ciudad para que cada uno de los niños anotara en las distintas cuadras aquello que más le llamaba la atención. Lo que quedó plasmado es una colección de peligros, de indefensiones, de aprender a convivir, a la fuerza, con la agresividad.

¿Qué fue lo que más marcaron los chicos de 7 a 13 años? Tiros, robos, violaciones, venta y consumo de drogas. Más de una nota sobre violencia cada cinco cuadras.

Tal es el peligro puertas afuera del colegio, que desde hace menos de dos años, tiene un protocolo que se activa cuando se oyen balazos en los alrededores. “Es común que se escuchen tiros, en especial de noche”, apuntó la vicedirectora, Gabriela Heredia. Recordó que el protocolo nació hace menos de dos años, cuando uno de los chicos se le acercó en un recreo y le dijo que esos “petardos” que ella creía escuchar, en realidad eran balazos que se estaban escupiendo dos barras en El Cerrito, un barrio aledaño.

“Nos fuimos todos adentro, nos encerramos en las aulas y tuvimos que suspender el resto de los recreos. Los papás saben que cuando hay tiros deben retirar a los chicos”, relató.

Ante esto, con el entonces comisario del barrio diagramaron los pasos necesarios que deben seguir dentro del colegio cuando afuera comienzan a los balazos: hasta ahora no ha sido necesario aplicarlo.

“Los chicos siempre hacen referencia a tiros, cuentan que en tal cuadra el fin de semana ‘se cagaron a tiros’, que vinieron los de El Cerrito y se agarraron a los balazos con otra barra de acá; también vienen mamás asustadas porque les balearon la casa desde una moto…”, dijo la docente.

A fuerza de la repetición de los relatos, las historias de balazos sueltos a cada rato dejaron de sorprender a las maestras. “Al principio, nos horrorizábamos de cuando los chicos hablaban de los tiros. Cuando nos encerramos por los tiros afuera, nosotras les decíamos a los chicos que se quedaran tranquilos, pero ellos ya lo estaban, porque saben cómo es, porque es lo mismo que en sus casas”, agregó.

“Seño, después de las 8 de la noche no se puede salir, salen todos a ‘fanearse’ (inhalar fana)”, levanta la mano un chico en al aula, un día cualquiera. Otro, le explicará a una maestra de qué se trata la “alita de mosca”, la cocaína más purificada (y más cara) que cada vez inunda más los barrios capitalinos. “Dicen que te da vuelta”, agrega un chico de 11 años.

De todos modos, la vicedirectora repitió durante todo el diálogo que desde la escuela insisten en el carácter extraordinario que tienen estos episodios, por más cotidianos que sean. “No hay que normalizar algo que no lo es”, pidió.

Sorprendidos
–Y si los chicos continúan repitiendo que hay tiros, venta de droga, etcétera, significa que aún les llama la atención, pese a que sea algo común en la zona.

–Es, también, un modo de que alguien los escuche.

Repitiendo la lógica de los barrios-ciudad, allí sus vecinos aparecen aislados. Taxis y remises esquivan el ingreso, mientras que un solo ómnibus, que demora demasiado, acentúa la marginalidad. Todo, en el marco de una carencia de redes estructurales que permitan frenar la degradación de un conjunto de chicos y más grandes sin demasiadas expectativas. La mayoría de los hombres sobrevive de changas, las mujeres cobran la asignación universal y la pensión de los siete hijos, muchas se las rebuscan como empleadas domésticas en condiciones informales y los chicos abandonan el colegio secundario a poco de empezar.

Muchos cirujean junto a sus padres y otros terminan en una esquina agrandando los grupos de adolescentes a la deriva. La oferta de drogas, el fácil acceso a las armas de fuego, son el paso anterior a que comiencen las balaceras. En los últimos 12 meses se registraron cinco homicidios en el sector comprendido entre Sol Naciente, Autódromo, El Cerrito e IPV Argüello.

Arrebatos en la parada del ómnibus, asaltos callejeros a la noche, y los robos de motos y cobro de “rescates” para devolverlas, entre los propios vecinos, son una muestra de lo que ocurre en el barrio.

En Sol Naciente fueron relocalizadas siete villas miseria: Canal de las Cascadas, Rivera Indarte, Villa Warcalde, Saldán, La Huertilla, San Francisco y Argüello.

Siete años después, una madre que antes vivía entre cuatro toldos y zinc, en Saldán, añora la paz perdida: “La tranquilidad de allá no la paga una casa terminada y un baño, volveríamos a la chapa”.

Publicado en el diario La Voz del Interior, Córdoba, Argentina, el martes 29 de abril de 2014.

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