Entre los “poli-narcos” y CBI


¿País de tránsito, sólo de consumo o productor de cocaína? En lo que respecta al mapa narco, a nivel mediático Argentina es catalogada dentro de todas las gamas y extremos. Desde comparaciones sin sentido con México o Colombia hasta liviandades llamativas que suponen que nada está fuera de control, tanto debate estéril parece preparado adrede para encubrir la realidad.

Por Juan Federico

¿País de tránsito, sólo de consumo o un país productor de cocaína? Dentro de todas las gamas de los extremos posibles, Argentina es catalogada a nivel mediático en lo que respecta al mapa narco. No existe un acuerdo unánime –ni desinteresado- sobre cuál es el verdadero rol del país en el tráfico internacional de drogas ni de cómo se ha asentado la problemático a nivel local.

Un juego de extremos, desde comparaciones sin sentido con México o Colombia hasta liviandades llamativas que suponen que nada está fuerza de control, que persigue un objetivo: encubrir la realidad.

Argentina es, desde hace tiempo, un jugador clave en el narcotráfico mundial. Las crisis económicas periódicas, la corrupción política y de las fuerzas de seguridad, su industria química descontrolada y las fronteras sin controles serios, conforman un combo ideal para que el narcotráfico trascienda, se expanda y se asiente en el país.

¿Por qué se está asentando el narcotráfico?

En el libro “Drogas, Cocinas y Fierros” describimos cómo se asentó el narcotráfico en la provincia. Aunque desde décadas la presencia de la droga ya era una realidad que se podía contrastar de manera simple en distintas ciudades cordobesas, las penurias económicas de la primera década del nuevo siglo empujaron a que el narco se tornara estructural.

Hoy, en la ciudad de Córdoba y en la cabecera de los principales departamentos, nadie se sorprende por la presencia de droga. Rudimentarios “quioscos” que trabajan a horarios insólitos, además de “cocinas” precarias donde se fabrican más de 10 kilos semanales de cocaína que viajan en auto de un barrio a otro o de una ciudad a otra, pasando por las narices de la Policía Caminera, forma parte de la vida cotidiana.

¿Por qué parece que nadie persigue en Córdoba a los narcotraficantes que se quedan con el dinero “gordo” del negocio? ¿Por qué las bandas que son detenidas por la policía solo son de tres o cuatro miembros? Hace años que no se conoce ninguna investigación seria y eficiente que permitan desbaratar una organización completa de narcotraficantes. Es imposible pensar que en solo cuatro personas se termina una organización “narco” cuando todo el proceso, aunque sea para fabricar solo 1º kilos de clorhidrato de cocaína demanda una estructura de gente mucho más vasta: el que la vende en Bolivia, la “mula” que lleva el dinero y trae la pasta base a Córdoba, el que recibe la droga, el “cocinero” que la mezcla con los químicos que otra persona le provee y que a su vez la compra en laboratorios químicos inescrupulosos. Solo en este repaso contabilizamos seis personas y aún faltan de nombrar el que distribuye la cocaína ya elaborada en un sinfín de “quioscos” y proveedores (dealers) que son los que terminan transando con los clientes.

Todo acontece en el marco de un negocio multimillonario: los narcotraficantes de verdad buscan llevar la cocaína hacia Europa, donde su valor se multiplica varias veces. En este largo camino, las rutas argentinas, y las cordobesas de manera particular, son un atajo sencillo.

Es entonces cuando sucede la “contaminación”: por cada lugar donde pasa la droga, algo queda para abonar la “protección”. Este “algo” genera ofertas y demandas, con toda la espiral económica y violenta que presupone por detrás.

Los más de 150 homicidios registrados en 2013 en toda la provincia, no sólo fueron la peor marca de la historia criminal de Córdoba. La estadística dejó al descubierto, además, la violencia producto del narco y el desparramo de la droga.

En la gran mayoría de los casos, lo que mató no fue la mentada inseguridad, sino los enfrentamientos entre conocidos. Jóvenes, por lo general, los que asesinaron y murieron. Y, casi todos, habitantes de barrios de clase media-baja y baja.

Es allí donde más duele esta violencia. No significa que la problemática narco sea patrimonio de los más humildes. Para nada. Pero sí que son estos sectores los que ponen los muertos en un mercado desigual, cuyas verdaderas regalías jamás se conocerán en esos barrios.

Develar qué existe detrás de esta violencia en los márgenes, bucear hasta encontrar sus raíces, permite demostrar cómo la Política se desentendió de manera intencional de vastos sectores sociales, dejándolos librados a su propia mala suerte.

Una sobreviviencia que termina por forjar la peor cara de una sociedad. Donde el narco creció y generó toda una economía en aquellos lugares que el Estado relegó.

A través del microtráfico de drogas, la cara más visible del fenómeno narco, se creó una economía que permitió, en parte, tapar una demanda social que de otro modo hubiera sido fatal para cualquier Gobierno sumergido desde hace años en el lodo de la corrupción.

¿Cómo se desarrolló esta para-economía? La familia que vende droga a través de la ventana, el vecino que cobra por guardar la cocaína recién elaborada, los chicos y adolescentes cooptados como “soldaditos” de los grupos que aspiran sin éxito a convertirse alguna vez en poderosos cárteles, los taxistas y remiseros ilegales (y también legales) que cobran el doble para llevar a un consumidor hasta la casa de un “dealer”, logran ingresos que terminan por volcarse en el almacén o la tienda barrial. Así de simple.

Aunque esta es sólo una parte de un fenómeno gigante. A través de dos casos resonantes que se produjeron en los últimos seis meses en la ciudad de Córdoba, como el narcoescándalo policial y la caída de la financiera Cordubensis (CBI), es posible, también, describir cómo el narcotráfico continúa más activo que nunca en la provincia.

Narcoescándalo

Al avalar ante la Cámara Federal de Apelaciones lo investigado hasta ahora por el fiscal Enrique Senestrari, el Fiscal General Federal Alberto Lozada terminó por dejar al descubierto la hipótesis que hasta ahora él ni nadie se ha animado a plantear con las palabras más contundentes: aprovechando el monopolio de las calles, la Policía de Córdoba regula la venta de drogas.

Lozada, en una audiencia reciente ante la Cámara de Apelaciones, aseguró “que desde 2010 hasta agosto de 2013 policías de Lucha Contra el Narcotráfico conformaron una asociación organizada con la finalidad de cometer delitos, para lo cual utilizaron a un agente encubierto o provocador que no pertenecía la fuerza policial”.

Según el funcionario, “a muchas de estas personas vinculadas al narcotráfico se les cobraba periódicamente sumas de dinero para que pudieran seguir con esa actividad sin que fueran investigados”. Y describó que los efectivos hacían “figurar una cantidad menor de estupefacientes a la secuestrada en los procedimientos y colocar la droga restante en otros procedimientos para generar imputaciones y detenciones”. “Otra parte de la droga secuestrada y no declarada se comercializaba en locales nocturnos”, agregó Lozada.

Pero la corrupción en la fuerza tiene antecedentes que trascienden a los efectivos hoy imputados. En 2007, por ejemplo, el fiscal federal Gustavo Vidal Lascano descubrió que un efectivo de Lucha Contra el Narcotráfico encargado de las desgrabaciones de las intervenciones telefónicas a una banda narco que aún opera en la zona del cementerio San Vicente, había desaparecido dos cassetes en los que se escuchaba que los traficantes hablaban sobre un triple crimen ocurrido en ese sector.

Casi en la misma época, los policías que seguían los movimientos de la banda narco liderada por Jorge “Gallo” Altamira, otro traficante de la zona, descubrieron como las patrullas operaban en complicidad con aquellos que vendían cocaína en los “quioscos” de Colonia Lola y alrededores. Según confió un avezado investigador, los “clientes” tras comprar su “raviol”, eran frenados por los móviles a las pocas cuadras. Los requisaban, les quitaban la droga y el dinero que llevaban encima y los dejaban ir. Luego, los policías iban hacia los “quioscos” y “devolvían” la droga a los “dealers”. Un engranaje delictivo que no era una excepción: a lo largo de la investigación fueron contabilizadas 13 patrullas distintas realizando la misma maniobra. El informante aseguró que no hubo ninguna acción ante a la Justicia y sólo los trasladaron a otra zona.

En aquel tiempo, el jefe de la Policía era Alejo Paredes, quien luego fue ministro de Seguridad hasta que el “narcoescándalo” lo eyectó de la vida política.

Mucho más acá en el tiempo, hay otro escándalo que desnuda la íntima relación entre narcos y policías. Entre febrero y abril de este año, la Policía Federal investigó bajo órdenes del fiscal provincial antidrogas Marcelo Fenoll a una banda de peruanos que vendía cocaína de distinta pureza en un bar ubicado a menos de dos cuadras de la Jefatura. Durante las intervenciones telefónicas, se comprobó que policías de la Provincia, aún no identificados, avisaban a los traficantes de los allanamientos. También, que había patrullas que operaban a favor de los narcos y hasta efectivos que iban al lugar como clientes de la droga.

A los pocos días, agentes de la Policía Federal que buscaban a un hijo del “Gallo” Altamira, prófugo con una condena por comercialización de estupefacientes, no sólo que lo encontraron en uno de sus domicilios habituales de Colonia Lola, sino que en la casa del lado halló un “quiosco” de cocaína, por lo que también quedó detenida su hermana. En la causa, quedó al descubierto cómo continuaban operando algunos lugares que se creían desbaratados por la Policía provincial cuando “el Gallo” fue apresado en 2007.

Dos casos recientes en los que otras fuerzas de seguridad dejaron al desnudo cómo continuaba activa la protección policial contra algunas organizaciones narcos.

CBI

El otro escándalo que permite seguir el rastro de los narcotraficantes en Córdoba fue la caída de la financiera CBI.

Se sabe, aunque poco se investigue a nivel judicial, que el narco opera en todos lados. Vende la droga y pone a las víctimas en los cordones marginales de las grandes ciudades, pero a los ricos dividendos los lava en el Centro. ¿De qué sirve perseguir a los traficantes, uno por uno, si toda la cadena económica permanece intacta? Desde 1989 hasta hoy, hubo sólo cinco condenas por lavado de dinero en causas de narcotráfico en todos los Tribunales del país.

Al destaparse en febrero de este año la caída de CBI, quedó en evidencia, de una manera grosera (aunque la Justicia se esmera en dilatar la investigación de verdad) cómo de manera bien visible y con total impunidad operaba desde hacía años una enorme caverna de dinero sucio. Una de las muchas que aún continúan vigentes.

Cuevas ideales para los narcotraficantes, que necesitan siempre de un engranaje financiero para poder hacer circular tanto billete.

Al respecto, el periodista rosarino Carlos del Frade expresa: “Se sostiene que sólo se secuestra el 10 por ciento de la droga que pasa por un territorio. Si tenemos en cuenta que en Rosario el año pasado se incautaron 400 kilos de cocaína, y que la que más se busca hoy es la llamada “alita de mosca”, de gran pureza, que sale 150 pesos el gramo, podemos presumir que en Rosario se volcaron dos mil millones de pesos el año pasado provenientes del narcotráfico. En Córdoba, la cifra de dinero que se lava debe ser similar, porque se tratan de volúmenes parecidos”.

Y explica: “Hoy estamos en una fase del imperialismo en la que, pienso, el narcotráfico es el motor de la economía de este siglo XXI, que depende de ese capital que es multinacional y que subordina al capital financiero. El crimen organizado hoy provee dinero fresco. Por eso el narcotráfico no se trata de una persona o un grupo de personas que venden droga, se trata de todo un sistema, que involucra a bandas organizadas, a policías, a abogados, a bancos, a lavado de dinero”.

Sin embargo, ¿qué sucedería si la Política se ocupara de verdad de este asunto y desbaratara, de una sola vez y para siempre, tantos millones obtenidos desde la ilegalidad? Pensar que la economía de una provincia, o de un país, depende del dinero clandestino, es empezar a creer que hace tiempo el camino contra el narcotráfico se extravió a propósito.

Publicado en la revista La Luciérnaga, Córdoba, Argentina, mayo de 2014.

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